Maestros del Futuro: Julio Verne

Desde tiempos remotos, el ser humano ha imaginado y fantaseado con el futuro. Ciertamente se ha encontrado con visiones maravillosas por ese camino, así como también algunos pudieron apreciar oscuras revelaciones. Pero pocos han logrado mirar el entramado del porvenir con tanto acierto y seguridad como lo hiciera Jules Verne hace ya 150 años.

Para comprender su maestría en los mares del tiempo, debemos realizar un pequeño viaje retrofuturista. Adentrarnos mentalmente en una época en la que la electricidad era algo completamente nuevo y escaso, recluida a los laboratorios y sus experimentos. Un siglo en el que los avances científicos se forjaban antes de poder terminar de entenderlos siquiera. Sin aviones, viajes espaciales, en donde la Tierra misma aún tenía territorios por descubrir.

Fue en ese marco que Verne escribió sus relatos científicos, como el mismo los llamaba. Llegando a profetizar en ellos muchos de los inventos que ocurrirían décadas luego de su muerte. Llevando casa por casa, lector por lector, una nueva fe y sueños de aventura, realizables bajo la influencia de la ciencia. Inspirando y maravillando con su pluma a generaciones enteras de investigadores, científicos, creadores.

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¿Cómo hacía Verne para ver tan claramente en el futuro? Algunos, haciendo alusión a la proverbial capacidad del francés, dicen que era un enviado del mañana, que viajó al pasado para contarnos lo que vendría. Quizás la mejor explicación la diera el maestro mismo:

Todo lo que una persona puede imaginar, otras podrán hacerlo realidad

Solidario, varias veces se vio explicando su método, basado en horas y horas de lectura diarias, aprendiendo sobre los avances y descubrimientos. Magazines, folletines, revistas de ciencia, todo podía servir para que su fértil imaginación se propusiera trascender lo meramente científico, y convertirlo en artístico.

Solía considerarse a si mismo como un divulgador científico, al punto de que algunas de sus novelas trataban expresamente de temas recientemente descubiertos, detrás de toda su genialidad creativa. Es el caso de La Isla Misteriosa, que describiera a su editor y amigo, como “una novela sobre química“. De esa forma inventiva, Julio Verne lograba acaparar la atención de un público amplio, alejando los crecientes miedos por la ciencia, e invitando al mundo a compartir sus maravillas.

Pero es también en ese método que encontramos una veta de originalidad inesperada: Verne a menudo escribía sobre tiempos lejanos al suyo. Era de esperar, entonces, que muchas más cosas hubieran cambiado que las que él estaba dispuesto inicialmente a tratar. En una mágica mezcla alquímica de predicciones y aciertos a medias, el maestro arriesgaba sueños, ideas, inventos que aún no habían rozado ningún papel de diseño o patentes. Jamás. Era una tarea ciertamente riesgosa y a posteriori, más del terreno de Nostradamus que aquel perteneciente a lo únicamente científico o literario.

Pero Verne, a diferencia de tantos, rara vez falló. Vaya que fue acertado, de hecho. Más allá de tener un contacto frecuente y sistemático con inventores y científicos, en sus novelas vemos artefactos, teorías y grandes metáforas que tienen sabor a cosecha propia del autor. Algunas que, en su tarea de divulgador, debió aprender a matizar y esconder un poco en las mareas del romanticismo tecnológico, del cual fue cultor.

Y es que sus personajes, como los grandes héroes románticos de otros genios, llegan a arriesgar todo, sus vidas mismas, por sus creaciones y el progreso. Así también, dentro de ellas se puede sentir el aroma de rebeldía y desazón camuflada, por la idea de que la ciencia o la tecnología resolverán todos nuestros problemas.

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(El Nautilus del capitán Nemo, su más grandiosa nave y personaje)

Tanto es así, que su primer relato de ficción científica, fue desaprobado por su propio editor, y luego años después de su muerte por su hijo, temiendo que una obra tan pesimista con respecto al futuro, manchara la reputación de Verne inexorablemente como un retrógrada. Verne aprendió la lección, y dejó esas perlitas de sabiduría bien escondidas al interior de sus libros, como meros condimentos, pero presentes.

Era la lucha perfectamente razonable entre el hombre de ciencia y el pensador romántico, que era. La equilibrada batalla que enfrentaba al consumado escritor, con el científico del futuro. Podemos de esa forma encontrar críticas sociales fuertes, como en el comienzo de De la Tierra a la Luna en 97 Horas, o en Veinte mil leguas de viaje submarino. Si en la primera se parodia a la sociedad estadounidense, en la segunda, sobre todo en su continuación La Isla Misteriosa, se denuncian las consecuencias de la conquista y colonización inglesas.

Verne toma entonces una dimensión que va más allá de la leyenda en torno a su nombre, y reclama una voz en la historia.

Los Inventos y Predicciones

Es imposible dejar unas letras junto a otras al escribir del maestro que hoy nos toca, sin hablar de las invenciones que divulgó, predijo o simplemente inspiró, lanzando un cable eléctrico de creatividad hacia lo que vendría. Lejos de alejar el mito, entender un poco de donde vinieron esas ideas ayuda a entender los procesos mentales que propiciaron tal imaginación.

El helicóptero, por ejemplo, aparece vagamente descrito, aunque con varias hélices en lugar de una, más parecido a un barco o nave flotante que al concepto desarrollado finalmente por Ígor Sikorski. También, es sabido que otros pensadores como Leonardo da Vinci diseñaron algunos modelos o prototipos.

Por el lado del submarino, sabemos a ciencia cierta que en la guerra de secesión estadounidense se utilizaron algunos. Aunque sí es mérito del escritor predecir que serían grandes navíos autosuficientes y/o eléctricos. Con el ya citado libro de viajes estelares, De la Tierra a la Luna, Verne propuso un prototipo de cohete espacial más parecido a un tren con una punta de bala, que a los que actualmente surcan nuestro cielo (aunque sí acertó en la modularidad de los mismos). E incluso Newton, mucho antes, había predicho que el día que lográramos vencer la gravedad, dominaríamos el espacio.

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(Se lo ha traducido y representado de incontables maneras, otra muestra de su influencia)

Asimismo podemos citar su desacierto en Viaje al Centro de la Tierra. Donde abogó por la tendencia científica de su época, al desafiar la idea del calor central del planeta, poniendo incluso mares y… ¡dinosaurios!, al interior del globo terráqueo. Si bien es una teoría que quizás nunca podamos desmentir al 100%, hoy en día se ha vuelto más pasto de protociencia y superchería que de análisis fehaciente. Quien sabrá si esa novela no inspiró igualmente otra de Sir Arthur Conan Doyle, creador del famoso Sherlock Holmes, El Mundo Perdido. Aquella en la que se basa Jurassic Park.

Desmitificando un poco, vemos la figura de Verne menos leyenda y más humana. Pero aún más magnífica por esto. No tenía una linea directa con el mañana, en cambio era un gran pensador que analizaba los avances de su tiempo y predecía inteligentemente en consecuencia. Uno que no tenía problema en consultar a los cráneos de su tiempo para ver si estaba yendo sobre buen camino. “La ciencia se compone de errores, que a su vez, son los pasos hacia la verdad“, diría con certeza.

El libro escondido de Julio Verne

Es con esa imagen que dejó este mundo y entró a la inmortalidad por la puerta grande: Legendario. El primer hombre en dejar el planeta, Yuri Gagarin, afirmó que Julio Verne fue quien lo decidiera por la astronáutica. Así de majestuoso e inmortal era y es, inspirando de todas las formas posibles al mañana. Pero también dejando un profundo mensaje oculto por más de un siglo.

¿Recuerdan el escrito que fue desaprobado por su editor, el primero? En 1994 fue encontrado de forma azarosa, habiendo muerto mucho antes todos los que sabían de su existencia. Luego de toda una carrera al servicio de la ciencia y el futuro, parecía inapropiado publicar una novela que mostrase el lado más pesimista y trágicamente real de la tecnología: no nos solucionaría la vida y todos los problemas.

En París en el siglo XX, el texto en cuestión, vemos un Verne sombrío que predice la muerte de la Literatura como arte transgresor y poderoso. La ciencia lo ha ocupado todo. Tanto que, en una entrega de premios generalmente científicos, un poeta y escritor que gana es abucheado. Aquello que no sirva para el progreso o genere dudas del mismo no merece ser escuchado.

Observamos así al escritor, el hombre de letras temiendo la tecnificación sin límites, detrás del maestro. Y mucho más aún: habla de árboles que son talados hasta la casi extinción para hacer papel, ciudades vidriadas y altas, trenes de velocidades fantásticas, y una red interconectada de “telégrafo privado”, que permite incluso enviar fotos y mensajes. ¿Internet?, tal vez…

Con efecto retardado de un siglo, Jules Verne le pudo enseñar al mundo su última obra maestra. Una que su época, su tiempo y su función, no le permitieron dar a conocer en su momento. Casi como si fuera una confirmación de cuanto le faltaba avanzar a la humanidad para terminar de entenderlo del todo. Quizás, el maestro si venía de otros tiempos…

Contestando a eso y cerrando este artículo, dejo que Julio Verne termine con las letras que comienzan el último capítulo de Viaje al Centro de la Tierra. Unas que bien podría haber dejado para graficar cualquiera de sus historias, mezclando sueños, ideas, e inventos. Aquellos que hoy en día, ya son un hecho:

Esta es la conclusión de un relato que se negarán a creer incluso las gentes más acostumbradas a no extrañarse de nada. Pero ya me he vacunado de antemano contra la incredulidad humana.”

6 Comentarios

  1. Llegando mas acá en el tiempo, me gustaría ver un post sobre el maestro del futuro Steve Jobs.

  2. Excelente post! La verdad no me explico como la sociedad contemporanea de Verne y de otros visionarios tenía la costumbre de fustigarlos por exponer ideas

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