Parafraseando desde el título a uno de los grandes maestros latinoamericanos de las letras, Gabriel García Márquez y su libro El Amor en los Tiempos del Cólera, podemos dar por seguro de que vivimos un momento histórico muy particular. Uno nuevo, que apenas leímos en libros de Historia, del que pocas personas vivas tienen recuerdos de infancia, allá por principios del siglo pasado. Sin embargo, las diferencias entre aquellas cuarentenas medievales, la de la Gripe Española hace ya 103 años, y esta que nos toca atravesar, vienen dadas por el contexto en que azotan a la humanidad. En la época de la hiperconectividad, de los deliverys, los vuelos accesibles, ante la ubicuidad de Internet y la posibilidad del trabajo a distancia, nos toca pararnos.

Con todo, es a su vez un momento único para detenerse a pensar y reflexionar en todas aquellas posibilidades, y qué tan lejos ha llegado esta modernidad contemporánea nuestra, marcada a fuego por la capacidad tecnológica. Así como su ineludible relación con el Coronavirus.

Síndrome de Casandra y El Niño que gritó «¡Lobo!»

¿Qué me dirías si te afirmo con un nivel de certeza asombrosa, que gran parte de esta pandemia se pudo prevenir, e incluso, retrasar o evitar? Le aseguro al lectorado que no cuento con la proverbial bola de cristal capaz de escudriñar el futuro, no leo borras de té ni me lo contaron los arcanos mayores del tarot. No hay supercherías adivinatorias involucradas, sino lógica y argumentación, aunque la idea tenga mucho en común con cierto complejo psicológico ficticio, explotado en detalle desde los tiempos homéricos de la Ilíada y la Odisea.

En el relato por antonomasia que nos dejaron los griegos, uno de sus personajes, la princesa troyana Casandra, podía en efecto ver el futuro. Involucrada en un intercambio de favores con un dios, que esperaba llevarse la mejor parte, la joven demostró su astucia anulando lo acordado. El dios Apolo, derrotado en su propia estafa, accedió a permitirle quedarse con el don, la capacidad de ver el futuro. Pero los dioses griegos, al igual que las plagas, eran famosos por no dar brazo a torcer. Al poder de la clarividencia, añadió otro: Ella sería capaz de ver el futuro, si, pero nadie le creería.

Algo parecido sucedió desde el principio con esta pandemia. Fuera desde la maniobras de contención chinas, la poca relevancia del caso Irán, profético a posteriori, o considerar extremistas las cuarentenas preventivas tempranas en Corea del Sur y Japón; hubo una oleada de desinformación y minimización del virus que, terminada la crisis, deberá ser motivo de estudio. Minimización que, dicho sea de paso, cortó la capacidad preventiva en el momento más importante, mantuvo fronteras abiertas, y despreocupó a los que hoy en día, no hacen más que caminar por las paredes.

A todo esto, en Internet desde principio de Enero que se habla del tema. En algunas ocasiones denostando el impacto del COVID-19, en otras magnificando y sembrando terror. Pero se hablaba. De la misma forma que se posteaban videos, relatos y datos sobre la situación en China, las medidas japonesas de sanidad, salpimentadas con tramas de conspiranoia, esa mezcla peligrosa de la paranoia y las teorías de la conspiración. Entre tanta laxitud y mentiras, tremendismo y bromas del leet el lenguaje autóctono de Internet, habían verdaderas Casandras viendo el futuro y avisando. Nadie las escuchó.

Casandra, o cuando la tragedia parece inevitable.

El relato de Casandra es uno de los más trágicos y en especial desesperantes de la cultura helénica. En su honor se ha bautizado en la ficción tal condición de oráculo sin pruebas, que a veces escapa de la imaginación a la realidad, y hace que personas en verdad crean ver el futuro. Ella sabía cuando su hermano Héctor iba a morir, antes que nadie. Advirtió de la famosa estratagema del Caballo de Troya a su padre, el Rey Príamo, rogando que queme el armatoste en lugar de entrarlo a la ciudad. Algunas versiones afirman que se arrancó sus propios cabellos en la desesperación, ante la impotencia. Para todos, ella era una loca. Tal era la desgracia de la maldición de Apolo. Nadie le creyó.

Nosotros no podemos culpar a ningún dios helénico de habernos maldecido: Somos nuestro propio Apolo. Sin embargo, hay algo que hizo que las primeras advertencias cayeran en oídos sordos, que hizo perder tiempo vital y preventivo. Algo muy propio de esta era tecnológica. Una vez más vuelvo a los magníficos griegos clásicos, y al buen Esopo, para tejer la metáfora. Ya que hay una relación tremenda entre aquella fábula famosa del un niño mentiroso, que alertaba al pueblo sobre la presencia del lobo, como una burla o chiste de mal gusto, y nuestras Fake News, noticias o data falsa. Las Fake News son divertidas, la falta de empirismo y comprobación metodológica perdonable, la ausencia de fuentes o que estas sean Arial 12, pueden verse como algo endémico de la información y noticias de nuestros días. Como el pastorcito de la fábula, hay quienes se ríen y lo usan en favor de voluntades políticas, desinformación, a veces por no tener nada mejor que hacer. Hasta que un día vino el lobo de verdad.

A nosotros, vino un lobo vestido de virus altamente contagioso. La desinformación, otrora política, ideológica, se aplicó de la misma forma. Desde afirmaciones que ya quedaron en evidencia como «es una gripe más», «no va a llegar nunca porque estamos lejos de China», «de este lado del globo hace mucho calor para que se transmita», «no hace falta cerrar fronteras»; hasta el negacionismo sistemático de las grandes potencias. Entre tanta mentira y Fake News, habían expertos y gente preocupada, verdaderos oráculos à la Casandra, advirtiendo que esto no era una broma. Acostumbrados a las mentiras y falsos profetas de la Web, como el pueblo del niño, miramos para otro lado. Cansados de tanta mentira, de tanta posverdad, tanta subjetividad desbocada; ignoramos la realidad y la verdad. Ahora, el lobo puede estar afuera, como en otra fábula, soplando de a poco y en silencio, para entrar en casa y comerse a los cerditos incrédulos, que no levantaron paredes de ladrillo sino que se escudaron en Fake News de paja y conspiranoia de madera.

En el relato de Casandra, ver el futuro, tener acceso a esa información por adelantado, como nos permitió Internet, no le sirvió de nada. No fue una maldición de un dios vengativo la culpable, fuimos nosotros en nuestra totalidad los que, acostumbrados a mentir y dejarnos mentir, ya no creemos en nada de lo que veamos aún en video o a través de las voces de expertos. Aunque sea verdad. Eso nos costó tiempo y medidas preventivas.

Casandra, lejos de escapar al horrible destino que le esperaba a Troya, intentó cuanto pudo advertir a sus familiares y conciudadanos. Quizás por el sentido de fatalidad del destino marcado por los dioses, véase sino a Edipo. Quizás porque entendía que no servía de nada salvarse sola. Según la fuente, murió en el asedio que destruyó la ciudad hasta las cenizas, o poco tiempo después como concubina esclava del invasor Rey Agamenón. Todas afirman que sabía de antemano su destino. Porque una vez pasado y perdido el momento de prevenir, la suerte estaba echada.

Dejo la valoración y reflexión final de tal metáfora aplicada a la situación actual, a discreción de cada lector.

Trabajar y vivir desde casa

Con Troya arrasada y los aqueos o el lobo en las puertas, no queda otra opción que encarar la realidad como es, y dejar elucubraciones dudosas e incomprobables para otro momento. La conectividad casi ubicua en la que vivimos hoy, se convierte en una herramienta de alcance limitado, pero útil para sortear una cuarentena obligatoria, recomendada o sugerida por igual.

Debido a la pandemia, más de una persona se terminó desayunando que no hacía falta el cargoso y costoso in itinere de todos los días hasta las oficinas. Que, dioses del sysadmin mediante, podía ejercer el mismo trabajo en pantuflas desde su cama, para bien de la productividad en ciertos casos, para desidia en los restantes. También, es cierto que son las mismas empresas las que se han terminado de enterar, con casi 20 años de atraso en la mayoría de las oportunidades, de que el teletrabajo o a distancia no es terreno de la ciencia ficción, superchería tecnológica o cuento futurista. Sino una realidad aplicable y hasta útil. Sueño húmedo y paraíso de algunos departamentos de IT. Pesadilla pura y dura, infierno en la tierra para otros soportes tecnológicos.

Aún así, es algo para observar, en el medio de tantas revelaciones de la capacidad técnica en la que vivimos, tan pocas veces comprendida en todo su peso; el concepto de esencial rotulado ahora a muchas tareas. Para mucha gente, cuyo trabajo resume bastante bien su propia vida, ver de un día para el otro que la sociedad considera su aporte en silencio a la misma como secundario, no esencial, es un golpe de realidad. Un duro despertar que también se aplica a compañías y entidades que hasta hace poco, dominaban todo tipo de intereses. Batacazo humillante que, como lo sugiere la raíz de la palabra, también enseña humildad y prioridad. Porque una situación de incertidumbre y supervivencia, hace que lo banal se vea tan superfluo como es. Que agradezcas por lo que tenés, y te enfoques en cosas más importantes e inmediatas, como tu familia o la comida para estos meses, que en cambiar el celular del año pasado o comprar un procesador 15% más rápido que la bestia bruta de cómputo que ya tenés, el monitor de 10.000 hertz o el autito que todavía anda a pesar de dar batalla.

Si, es una lógica miserable. Pero así es la supervivencia. 3 segundos en el vacío del espacio, 3 minutos sin aire, 3 días sin agua, 3 semanas sin comida. Esta regla de 3 simple de la supervivencia se aplica en situaciones que lo ameriten para dar prioridad a lo que realmente necesitamos para vivir. Una vez cumplimentada la pertinente, podemos pasar a la siguiente. Y lo demás, vemos. Viene después.

El primer día de la cuarenta obligatoria en Argentina, tuve la desgracia de que un monitor recién comprado, con menos de un mes de uso, diese la típica falla de la retroiluminación. Para ser básico, me quedé con un hermoso monitor IPS, de buena resolución, con la funcionalidad de un pisapapeles gigante. En una circunstancia normal, hubiera poco menos que enloquecido con la garantía, el vendedor, los técnicos disponibles. Pero la verdad, queridos lectores, no podría importarme menos en este momento. Conecté el monitor viejo, más chico, panel TN, colores quemados. Hay cosas más importantes. Después, se podrá pensar en garantías, vendedores que no responden mensajes o técnicos confiables que abran el aparato y suelden los conectores o cambien la fuente del mismo. No es prioridad, y dejando de lado la mala pata, es una verdadera nimiedad en los tiempos que corren.

Esta pequeña y patética historia es solo una muestra de miles otras, algunas más banales aún, muchas más serias y duras como para contarlas tan alegremente. Supongo que es lo que tienen los momentos duros, que te hacen darte cuenta a la fuerza de que gran parte de las cosas que nos preocupan en el día a día, no son más que problemas anecdóticos escritos en el mar de hechos que es una vida.

La paradoja es que la misma tecnología que ahora se antoja tan secundaria ante necesidades básicas, es una de nuestras armas más fuertes para evitar el contagio y prevenir al coronavirus. Que evita desplazarse a realizar pagos presenciales, que mantiene en contacto a personas distantes y cuerdos a varios que no pueden entender la vida si no es fuera de 4 paredes. Es el personal trainer de gente que hace años no hace actividad física pero ahora ve su necesidad. El puente que conecta padres e hijos, hermanos, primos, cada quien un Robinson Crusoe de su propia isla, como dijo el maestro Oesterheld en El Eternauta.

«Mejor no pensar», decía Juan Salvo, el protagonista del mítico cómic argentino. Y hasta para eso sirve la red de redes, para mantener la calma y despejar el agobiante paso del tiempo a través de las artes en forma de series, películas, juegos, cursos, mención aparte para la docencia y alumnado que intentan perder lo menos posible ante esta situación. Esa misma tecnología me permite escribirte ahora, y a vos leer estas letras, vuelta circular de la ironía manifiesta. Quizás, si sea para el humano moderno, máxime en la pandemia, casi una necesidad.

A pesar de ser joven cronológicamente, ya me quedan pocas esperanzas de aprendizaje en la sociedad. La humanidad ha demostrado una y otra vez en la historia tener una memoria de pez, y olvidar o hacer caso omiso a las grandes lecciones del devenir, cayendo periódicamente en los mismos errores en un ciclo interminable de error evitable y posterior corrección.

Sería hermoso pensar que una calamidad como esta nos haga razonar y darnos cuenta de que para salvarnos, debemos hacerlo entre todos. Que para que tu familia esté segura, la de al lado, la del frente, la de atrás, y aquella que no te gusta también, deben estar a su vez seguras. Que la ubicuidad de Internet y su acceso en casos como estos queda patente como herramienta impresionante que sirve para trabajar, estudiar y hasta amar desde la distancia, son una necesidad semi básica de la cultura moderna. O la inutilidad patente de la ideología cerrada y el odio intestino quedan expuestas al luchar contra un enemigo silencioso e invisible que no distingue propios de ajenos, ricos de pobres, lindos de feos. Sería hermoso, pero también sería una utopía. Utopía, del griego u-thopos, sin-lugar, que no existe… aún.

Quizás, por el momento sea mejor seguir el consejo aquel sobreviviente Eternauta, y no pensar. Pasar la tormenta convertida en Diluvio, y salir del otro lado. Lo demás, después vemos.

El fin de la negación y una nueva era

Dejando de lado las necesarias reflexiones y paradojas que nos entrega esta etapa aciaga de la Historia para vivir e interiorizar, que en algún momento tendremos que hacer o sortear, ya hay verdades incontestables a la luz de los hechos.

Hoy, nadie puede acusar a los servicios de venta, pago y contacto online como si de una brujería digital se tratase. Quien por el motivo que fuera, no supo actualizarse en los últimos años a la corriente cantante del mundo y su virtualidad, hoy está en una clara desventaja. El que desconfiaba de los deliverys y sus aplicaciones, tanto de comida como de otros insumos, ahora se lo está replanteando. Los que preferían la ventanilla del banco en lugar de hacer un home banking en menos de 15 minutos, ahora saturan los medios de consulta y soporte. Más de uno comprende el error de ver a la Web, la Informática, la Computación como palabras de nerds o geeks, terreno de niños y personajes distanciados de la realidad o solitarios.

Es posible que la crisis a la que nos enfrentamos y la que vendrá luego, sea el punto de bisagra para el gradual abandono de la modalidad presencial, la inversión en infraestructura digital entendida como invertir a futuro, y el fin del dinero físico como lo entendemos hasta ahora. Amén de la tremenda marca que dejará en las interacciones humanas, nunca tan necesitadas de la virtualidad para poder expresarse y contactar, lo que seguramente es y será pasto de psicólogos, psiquiatras y antropólogos durante generaciones.

Como también, puede que no. Puede que esquivemos colectivamente el balazo, y como aquella gente que hace promesas en tiempos de angustia que luego olvida, no comprendamos la lección. Pero ahora mismo, la realidad grita más fuerte que la voz de cualquiera, toda herramienta disponible para paliar el desastre es útil, y varias desigualdades y locuras del mundo moderno, cuando no miserias, quedan expuestas ahí, ante todos, para el que desee verlas. Los negadores seriales quedan desnudos, sean estos pobres anónimos de algún foro, red social o imageboard, o tengan el calibre del presidente de una potencia. El virus no entiende de economías, ideologías o políticas. Es una horrenda guadaña igualadora que castiga al que la subestima y se cree por encima de ella.

Con la importancia capital y tremenda que tiene la tecnología en este momento, también vale preguntarse las consecuencias que traerá, para bien y para mal, la nueva e inminente tecnocracia, tecnotrabajo, tecnovida. Cuando quiero ver una posibilidad de futuro, suelo mirar a Japón. Allá, cuna de las tecnologías desde hace varias décadas, alma máter de compañías como Sony, SEGA, Nintendo, Atlus, Konami, Matsushita y varios gigantes tecnológicos más, viven en lo que muchos considerarían por estos lares una utopía o distopía según el punto de vista.

Una sociedad que desde su cultura, es respetuosa a rajatabla de la distancia social y el espacio personal. Un modo de entender la vida frío para los que lo vemos con ojos latinos u occidentales, donde tomar de la misma botella es considerado un beso, y tomar de la mano a alguien es poco menos que pedirle relación o matrimonio. Pero también un lugar en donde ante la presencia de fiebre o estornudos, el habitante promedio se pone un barbijo solo, sin que ninguna autoridad tenga que obligarlo, por respeto y cuidado de la población, no el suyo propio. Islas minúsculas en espacio donde habitan 90 millones de personas, y a pesar de estar al lado de China y recibir millones de visitantes chinos por año; tiene muy pocos casos considerando el contexto. Eso, siempre que podamos creer en los datos entregados. Porque si, las Fake News y el manejo de la información no se han ido a ningún lado. Tales datos y análisis, no pueden ser obviados y hay una clara relación causa-efecto.

¿Esta crisis nos hará virar la cultura social a un punto más cercano a lo descrito por el imaginario japonés? Solo el tiempo podrá decirlo. Lo cierto es que no es casualidad que países como Corea del Sur, que invirtió en tecnología de reconocimiento facial y temperatura corporal para detectar en las calles y puntos de interés posibles infectados; o Japón que desde un lugar en el mundo azotado por tsunamis, terremotos y con espacio reducido, ya tenga en su ADN cultural un respeto irrestricto a las normas de higiene y celeridad para hacerle frente a las crisis, tengan hasta el día de la fecha la situación mucho más controlada.

No todo son buenas noticias, ya que la misma condición excepcional, tecnológica, económica que les permite sobrellevar esto de una forma distinta, es la misma que genera la baja tasa de natalidad que obliga al cierre de escuelas, donde deberían haber asistido niños que nunca nacerán producto del mismo distanciamiento. La capacidad de teletrabajo casi ubicua en algunos sectores, es la semilla de otros problemas endémicos casi desconocidos para el gran público del resto del mundo, como lo son los hikikomoris japoneses, jóvenes ermitaños encerrados por propia voluntad, que ven en la tecnología una forma de eternizar su agorafobia, su distanciamiento y cuarentena auto-impuesta aún sin virus asesinos en el aire. Un problema al que la sociedad elige ignorar, como una montaña de basura que se esconde bajo la alfombra. Un tabú.

Para muchos, la cuarentena no es transitoria, sino un estilo de vida. ¿Veremos más de esto en el futuro inmediato?

Si la soledad y el encierro casi voluntarios ya eran algunos de los problemas fuertes y sin solución aún en las grandes potencias, solo podemos teorizar acerca del efecto que esta cuarentena global tendrá a futuro. Si la gente que vivió la Gran Depresión del ’30, era muy propensa a desarrollar trastornos de acumulación, una triste cicatriz de haber vivido la pobreza y escasez, ¡cuántos obsesivos-compulsivos latentes, hikikomoris autóctonos y otras yerbas aún desconocidas traerá este virus!

Mientras Tanto

Borges, aquel otro gran titan de las letras, una vez por medio de una entrevista se reconoció como anarquista. Anarquista de Spencer, para quien desee saber. Ante la sorpresa del periodista, y teniendo en cuenta que en todas las eras el anarquismo es una mala palabra impronunciable, el autor de El Aleph continuó explicando que veía en tal modelo algo lejano pero posible. Que tomaría quizás 200 años de evolución cultural y social llegar ahí. Absorto ante tal razonamiento de protofuturismo, volvió el entrevistador a preguntar, «¿y mientras tanto?», a lo que el maestro respondió con la sabiduría del que está más allá del bien y del mal:

Mientras tanto, jodernos.

Tal respuesta aplica más que nunca hoy en día. Si bien es sano hacer todas estas reflexiones y tratar de salir de todo esto vivos y un poco mejor, más humanos en el mejor sentido del otro lado del túnel llamado COVID-19, primero tenemos que hacerle frente y jodernos. Jodernos por los hospitales nunca abiertos. Jodernos por las promesas de campaña de acá y todos lados donde se miraba más la economía o el turismo que tantas otras necesidades básicas no satisfechas o la Salud. Jodernos por las Fake News que propagamos impunes por las redes sociales de turno sin confirmar, y que entorpecieron la ventana de oportunidad para cortar esto de raíz. Jodernos por las cloacas o suministros de agua potable no hechos que hoy son cruciales. Joderse todos por no invertir en tecnología aplicada y expertos, por los sueldos irrisorios del personal de Salud, de Seguridad, de los servicios esenciales, a los que ponemos en decimonoveno orden de prioridad en nuestras vidas de siempre. Jodernos por aprender tarde que hay que lavarse las manos o no toser ni estornudar sin taparse, cuando es algo que dicta la lógica para todo contagio, no la pandemia. Por estas y tantas otras cosas que pudimos prevenir, y no lo hicimos.

Ojalá que este virus maldito, asesino e injusto, nos entregue una oportunidad de ser mejores, que nos abra los ojos. De mostrar que esas hermosas historias de humanidad desbordada, de solidaridad y comunidad que tanto vemos en Netflix y otros sitios, no son un espejismo de la fantasía. Ojalá, pero mientras tanto, jodernos. Hasta que haya una cura, y podamos ver esta situación como parte del pasado, no nos queda otra que hacerle frente con las únicas medidas que han demostrado ser efectivas: Aislamiento social, Higiene, Mancomunidad, respeto de las medidas preventivas.

Quedate en tu casa, querido lector, que ya vendrán tiempos de culpas, reflexiones, política, y largo etcétera accesorio en estos momentos. Cuando hay un incendio, primero se salva a la gente, se apaga, luego será tiempo de culpables, de causas, de conclusiones. Mientras tanto… la vida es un mientras tanto. Y por salvaguardar esa vida, te pido que en la medida de lo posible, sigas usando esta hermosa herramienta llamada Internet, tecnología, ingenio humano después de todo. Leé, mirá, aprendé, jugá, conectate con los demás. Si estás leyendo esto tenés la Biblioteca de Alejandría moderna abierta de par en par para vos. Esa tecnología que sin dudas, es un reflejo del ser humano. Usala. Vos que podés y la tenés, usala.

Tal es mi más sincero deseo: Que cuando todo esto termine, que lo hará en algún momento, vos y toda tu familia sigan estando ahí del otro lado de la pantalla leyendo, pensando, criticando conmigo, así como yo y la mía también. Mientras tanto, eso es lo que importa. Todo lo demás, después veremos.

5 COMENTARIOS

  1. Paco

    Lo primero que haré cuando todo ésto pase no será ir al bar, tampoco a comprar un artículo tecnológico de esos que tanto me gustan. No será ir al cine ni al centro comercial.

    Lo primero que haré será ir a ver a mi madre para darle un fuerte abrazo, ya que estos días ni me estoy acercando a su casa para minimizar el riesgo de contagio porque tiene 81 años. Luego pienso ir a un sitio tranquilo llamado «Las Barrancas de Burujón». Un lugar casi perdido que recuerda a un mini cañón del colorado, donde pienso dar un buen paseo para desentumecer las piernas y poder respirar aire puro a pleno pulmón. Si hace un mes hubiese leído que alguien iba a hacer algo así le habría llamado cursi como mínimo, pero a veces la vida es capaz de dar un vuelco de 180 grados en el tiempo que se tarda en pestañear. Un fuerte abrazo para todos y mucho ánimo.

  2. El Corsario Negro

    Solo imaginen lo que hubiera sido de nosotros hace 20, 30 o 50 años. Sin banda ancha, sin internet…

    Adoro el siglo XXI.

  3. Isidoro

    Excelente como todos tus posts!!!

    Un gusto leer tus reflecciones.

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